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atacante, a menos que la causa del trastorno hubiese
sido adquirida, por presencia de tumores o consumo
de medicina, en cuyo caso se estima que la “cura” es
reparar este origen [4].
Comúnmente estos casos inician cuando el adulto
pedófilo conoce a la víctima y crea un lazo que los
une de manera emocional (profesor, “amigo” de papás,
entre otros), obteniendo así la confianza suficiente para
aprovecharse de su víctima. Suelen usar la fuerza hacia
los infantes, los cuales se encuentran en un estado de
vulnerabilidad y los acechan con amenazas. Estas ame-
nazas pueden estar dirigidas a provocar un daño, tanto
a ellos como a sus familias o mascotas y así garantizar
la impunidad del delito. Existen casos intrafamiliares,
a los cuales se denomina incesto [3].
Figura 2. Abuso sexual infantil: Pedofilia
Fuente: [5]
Cualquier experiencia que implique abuso sexual
hacia un menor de edad va a ser traumática, por lo
tanto, existirá una gran variedad de consecuencias físi-
cas, emocionales y psicológicas a corto y largo plazo.
No podemos asegurar un comportamiento exacto de la
víctima, ya que dependerá de la gravedad y duración
de la agresión, así como otros factores individuales.
David Cantón Cortés y María Rosario Cortés,
pertenecientes al Departamento Psicología Evolutiva y
de la Educación de las Universidades de Málaga y de
Granada, nos comparten información sobre la manera
de comportamiento y reacción que pueden llegar a
tener las víctimas de violencia sexual y pedofilia.
Empezamos con los problemas emocionales y psi-
cológicos tales como: miedo, ansiedad, depresión,
trastorno de estrés postraumático, sentimientos de
culpa y vergüenza, baja autoestima y dificultades
para confiar en los demás. También pueden desarrol-
lar problemas de comportamiento, como agresividad,
aislamiento social o comportamiento regresivo [6].
Si nos referimos al efecto que tienen esas vivencias
en la salud mental de la persona agredida, se muestra
un mayor riesgo a desarrollar trastornos mentales en la
edad adulta, por ejemplo: ansiedad, alteraciones del es-
tado de ánimo, de la alimentación, de la personalidad,
e incluso puede llegar al abuso de drogas [6].
En el ámbito sexual los niños pueden experimen-
tar confusión, disfunción sexual y dificultades en sus
relaciones íntimas y de pareja en la edad adulta. Tam-
bién tienen una mayor probabilidad de participar en
conductas sexuales de riesgo o inapropiadas [6].
De igual manera, en el entorno académico se afectan
negativamente el rendimiento de los niños debido a la
distracción, estrés y problemas emocionales asociados
a estos casos. Mientras que al analizar las relaciones
interpersonales, se conoce que los afectados no logran
establecer lazos de manera saludable o segura, por mo-
tivos de desconfianza y dificultades al imponer límites
adecuados [6].
Por último, los problemas físicos que se pueden pre-
sentar en los menores son: dolor crónico, trastornos del
sueño, trastornos alimentarios, enuresis (incontinencia
urinaria) y encopresis (incontinencia fecal) [6].
Figura 3. 623 denuncias de pedofilia en lo que va del año,
según Fiscalía de Venezuela
Fuente: [8]
Al momento en que ocurren estos fenómenos, en
cualquier entorno, es crucial reconocer la violación
a los derechos de la integridad y libertad personal
provocada a las víctimas, en este caso; niños, niñas y
adolescentes. El Estado tiene que tomar cartas en el
asunto, puesto que su deber como autoridad es prote-
ger y asegurar el bienestar de los jóvenes y niños. Las